Mi historia

He vivido muchas vidas en una sola

Desde que tengo uso de razón he sentido que había algo más allá de lo que podía ver.

De niña era sensible, inquieta, curiosa y tremendamente observadora. Me fascinaba todo aquello que tuviera un halo de misterio, pero sentía una atracción especial por la historia antigua y las grandes civilizaciones del pasado. Podía pasar horas imaginando cómo habían vivido, qué sabían, qué habían comprendido del mundo.

Y había algo que me desconcertaba.

Muchas veces, mientras escuchaba en la escuela las explicaciones sobre aquellas culturas, sentía que faltaban piezas. No sabía explicar por qué. Simplemente, algo dentro de mí me decía que la historia era mucho más grande que aquello que me estaban contando.

Con los años entendí que esa sensación no aparecía únicamente frente a un libro de historia.

También percibía a las personas, los ambientes y determinadas situaciones de una manera especialmente intensa. Pero en aquella época nadie te enseñaba qué hacer con eso. Y mucho menos si, además, eras una niña que no encajaba demasiado bien en la forma establecida de aprender.

Tengo dislexia. Hoy sabemos mucho más sobre ella, pero entonces apenas se hablaba del tema.

Así que tuve que aprender muy pronto algo que terminaría siendo fundamental en mi vida:

Si el camino establecido no me llevaba hasta las respuestas que buscaba, tendría que encontrar mi propio camino.

Y eso fue exactamente lo que hice.

Cuando empiezas a buscar respuestas

Mi curiosidad fue creciendo conmigo.

Llegó un momento en que ya no me bastaba con sentir que había algo más. Necesitaba comprenderlo.

Empecé a interesarme por las ciencias ocultas, el simbolismo, la espiritualidad y todas aquellas disciplinas que intentaban acercarse a las preguntas que siempre me habían acompañado.

Entonces no existía internet. Si querías encontrar información sobre determinados temas, tenías que buscarla.

Y yo la buscaba.

Recorría librerías de Barcelona intentando encontrar libros que hablaran de aquello que difícilmente encontraba en otros lugares. Asistía a charlas, conferencias y congresos. Escuchaba, preguntaba, leía y, sobre todo, observaba.

En ese camino conocí a personas extraordinariamente interesantes. Algunas compartieron conmigo sus conocimientos; otras me llevaron a nuevas preguntas. Y poco a poco fui construyendo una forma propia de entender aquello que estaba descubriendo.

Nunca he tenido demasiado interés en creer porque sí.

Necesito experimentar, contrastar, observar qué sucede y sacar mis propias conclusiones.

Quizá por eso gran parte de mi formación ha sido autodidacta. No solamente por mi manera particular de aprender, sino porque mi búsqueda nunca ha cabido completamente dentro de una única disciplina.

El Tarot me llevó al símbolo.
La astrología, a los ciclos.
La espiritualidad, a mirar hacia dentro.
Y la mediumnidad y la percepción intuitiva me obligaron a aprender a escuchar aquello que no siempre podía explicar racionalmente.

Pero el conocimiento, por sí solo, no era suficiente.

Fue la vida la que puso a prueba todo lo que creía haber aprendido.

La vida también enseña

Y la vida, cuando quiere enseñarte algo, no siempre utiliza palabras bonitas.

He sido muchas mujeres a lo largo de los años. He tenido que empezar de nuevo, cambiar de piel, tomar decisiones difíciles, equivocarme, perder, sostener, cuidar, luchar y reconstruirme más veces de las que alguna vez imaginé.

He conocido momentos de una enorme felicidad, pero también etapas en las que todo aquello que parecía seguro dejó de serlo.

Y hubo algo que fui comprendiendo con el tiempo:

No siempre podemos elegir lo que nos ocurre, pero sí podemos decidir qué hacemos con ello.

No llegué a esa conclusión leyendo un libro.

Llegué viviendo.

La vida me obligó muchas veces a mirar hacia dentro. A reconocer mis propias contradicciones, mis miedos, mis heridas y también mi fuerza. A comprender que evolucionar no significa vivir permanentemente en la luz.

A veces significa precisamente lo contrario:

Atreverte a entrar en tus propias sombras y permanecer allí el tiempo suficiente para comprender qué vienen a enseñarte.

Quizá por eso nunca me ha interesado una espiritualidad que niegue la parte humana.

Soy una mujer de carne y hueso.

Me enfado, me equivoco, dudo, río, lloro, amo, tengo miedo y algunas veces también me pierdo. La diferencia es que hoy sé que perderse no siempre significa haberse equivocado de camino.

A veces necesitamos dejar de reconocer el paisaje para descubrir hacia dónde queremos ir.

Todo lo que he estudiado durante tantos años —el Tarot, la astrología, el simbolismo, la mediumnidad, el trabajo energético— ha adquirido para mí verdadero sentido cuando ha tenido que enfrentarse a la vida real.

Porque una cosa es conocer un símbolo.

Y otra muy distinta es reconocerlo cuando está apareciendo en tu propia vida.

Por eso, cuando hoy alguien se sienta frente a mí buscando respuestas, no lo observo desde un pedestal.

Sé lo que significa no saber qué hacer. Sé lo que significa sentir que una etapa se ha terminado y todavía no poder ver la siguiente.

Y sé también que, algunas veces, aquello que parece habernos llevado a un callejón sin salida puede ser precisamente el lugar desde el que empieza una nueva dirección.

Cuando el camino se convierte en profesión

Durante mucho tiempo todo este conocimiento formó parte de mi vida personal.

Hasta que llegó un momento en que dejó de tener sentido guardarlo únicamente para mí.

Empecé a acompañar a otras personas, a realizar lecturas, consultas y trabajos energéticos. Y ocurrió algo que cambiaría mi relación con todo lo que había aprendido: empecé a verlo reflejado en las vidas de los demás.

Cada persona llegaba con una historia diferente. Pero detrás de esas historias aparecían preguntas que, en el fondo, se parecían mucho.

¿Por qué vuelvo a encontrarme en la misma situación?
¿Por qué me cuesta tanto tomar esta decisión?
¿Por qué no consigo soltar?
¿Qué está intentando mostrarme este momento de mi vida?
¿Hacia dónde voy ahora?

Y comprendí que mi trabajo no consistía en decirle a alguien qué debía hacer con su vida.

Consistía en ayudarle a mirar aquello que quizá todavía no podía ver.

Con los años abrí en Barcelona Lalith Esencia Mágica, mi propia tienda esotérica. Fue una etapa importante de mi camino: un espacio donde convivían el conocimiento, las consultas y las personas que llegaban buscando respuestas. Y también muchas historias que me enseñaron muchísimo.

Después aquel ciclo terminó.

Y, como tantas otras veces en mi vida, tocó transformarse.

La tienda dio paso a una forma de trabajar más íntima, centrada en la consulta y en el acompañamiento personal. El Tarot siguió estando presente. También la astrología, la mediumnidad, el trabajo energético y todas las herramientas que he ido incorporando a lo largo de los años.

Pero cada vez tengo más claro que las herramientas son solamente eso: herramientas.

Lo verdaderamente importante es la persona que tengo delante.

No quiero que nadie dependa eternamente de una carta, de una predicción ni de alguien que le diga qué camino debe tomar.

Prefiero algo mucho más difícil y, para mí, mucho más valioso:

Ayudarte a comprender dónde estás para que puedas decidir hacia dónde quieres ir.

Quizá ese sea el hilo invisible que une todo mi recorrido.

Aquella niña que buscaba respuestas acabó convirtiéndose en una mujer que acompaña a otras personas mientras buscan las suyas.

Alquimia entre Mundos

Y ahora comienza otra etapa.

Durante muchos años mi trabajo sucedió principalmente en la intimidad de una consulta, frente a frente con las personas que llegaban hasta mí.

Hoy siento la necesidad de abrir ese espacio.

De compartir conocimiento, plantear preguntas, hablar de astrología, Tarot, simbolismo, espiritualidad, rituales, meditación y de todos esos territorios que nos invitan a mirar la realidad desde perspectivas diferentes.

De ahí nace Alquimia entre Mundos.

Y el nombre no es casual.

Siempre he sentido que vivo entre mundos.

Entre lo visible y lo invisible.
Entre la intuición y la razón.
Entre el conocimiento ancestral y la consciencia del presente.
Entre aquello que podemos explicar y aquello que, algunas veces, solamente podemos experimentar.

Pero para mí la alquimia verdadera no consiste en escapar de esta realidad.

Consiste en transformarnos dentro de ella.

Tomar aquello que vivimos —también lo difícil, lo incómodo, incluso aquello que durante mucho tiempo no comprendimos— y convertirlo en conocimiento, consciencia y, cuando sea posible, sabiduría.

Eso es lo que intento hacer en cada consulta, en cada vídeo, en cada meditación y en cada contenido que comparto.

No pretendo tener todas las respuestas.

Después de tantos años buscando, quizá una de las cosas más importantes que he aprendido es precisamente esa.

Hay misterios que se resuelven.
Otros cambian de significado cuando los observamos desde otro lugar.
Y algunos simplemente nos acompañan.

Pero sigo teniendo la misma curiosidad que aquella niña que intuía que detrás de la historia que le estaban contando había mucho más por descubrir.

Solo que ahora ya no necesito recorrer ese camino sola.

Si has llegado hasta aquí, quizá tú también estés buscando algo.

Una respuesta.
Una dirección.
Otra manera de comprender lo que estás viviendo.

Tal vez pueda acompañarte durante una parte del camino.

Soy Lalith Cabasés.

Y esto es Alquimia entre Mundos.