Enlace vídeo completo 👉https://youtu.be/_L8ZT81VLmA
Hay momentos en los que el alma avisa…
pero si no escuchamos, el cuerpo habla más alto.
No para castigarnos.
No para frenarnos la vida.
Sino para decirnos una verdad simple:
así, no.
Vivimos en una cultura que aplaude aguantar,
resistir, seguir, poder con todo.
Ser fuertes.
Ser capaces.
No quejarnos.
Pero hay un punto en el que seguir
deja de ser fortaleza
y empieza a ser una forma de abandono.
Abandono de nosotras mismas.
Cuando anteponemos constantemente las necesidades de los demás.
Cuando dejamos de escucharnos,
de sentir nuestros propios ritmos,
nuestras propias necesidades,
convencidas de que estamos haciendo lo correcto.
Somos fuertes.
Somos poderosas.
No importa lo que nos pase:
callamos…
y seguimos cargando.
A veces no nos damos cuenta.
Porque apenas nos queda tiempo a lo largo del día para nosotras.
O porque llevamos tanto tiempo así
que ya ni siquiera lo sentimos.
Pero el cuerpo sí lo siente.
EL CUERPO REGISTRA TODO
El cuerpo va sumando.
Disgustos.
Cargas.
Preocupaciones.
Frustraciones.
Pérdidas que no tuvieron su duelo.
Enfados que no supimos expresar.
Esfuerzos sostenidos desde una energía
que ya casi no nos quedaba.
Todo eso —y mucho más—
va quedando registrado en el cuerpo físico.
Aunque en ese momento no aparezca un síntoma claro,
el cuerpo no olvida.
Y tarde o temprano,
aquello que no fue escuchado
encuentra una forma de manifestarse.
A lo largo de los años,
si vivimos lo suficiente,
empezamos a somatizar
emociones mal gestionadas,
cargas que no nos tocaban
pero que, por coraje o lealtad,
cargamos sin rechistar.
Y un día todo se frena.
Aparece el dolor.
La enfermedad.
El cansancio profundo.
No como castigo,
sino como consecuencia
de no haber escuchado
los mensajes que el alma
llevaba tiempo susurrando.
EL CUERPO NO CASTIGA, INFORMA
Quiero decir esto con claridad,
porque es importante:
el cuerpo no castiga.
El cuerpo informa.
Informa cuando llevamos demasiado tiempo
yendo en contra de nuestro propio ritmo.
Cuando decimos “sí” con la boca
pero todo dentro dice “no”.
A veces parar
no es una elección mental.
Es una necesidad orgánica.
Y escucharla a tiempo
es un acto profundo de conciencia.
El cansancio persistente,
el dolor,
la tristeza que se instala,
la falta de energía,
no aparecen porque sí.
Son las primeras señales
de que algo no está funcionando en nuestra vida
tal como la estamos viviendo.
Ahí es donde necesitamos parar
y preguntarnos con honestidad:
¿qué está fallando?
¿qué no está en coherencia conmigo?
Cuidarnos puede tomar muchas formas.
Acudir a un médico.
A un terapeuta.
A alguien que nos ayude a entender
qué nos está pasando.
No importa el camino exacto.
Lo importante es priorizarte.
Porque cuando tú fallas,
todo tu mundo se tambalea.
Y no por culpa,
sino porque tú eres el eje
sobre el que se sostiene tu vida.
Hay un punto —y esto es importante decirlo—
en el que, si no nos damos valor,
el daño ya no viene solo de fuera.
Hay personas que llegan a sentir
que su vida no importa.
Que da igual cuidarse o no.
Y desde ahí empieza una forma silenciosa
de autodestrucción.
No porque quieran desaparecer,
sino porque están profundamente desconectadas
de su propio valor.
Por eso este mensaje es tan sencillo
y tan radical a la vez:
el mundo puede parar.
pero tú no puedes dejar de importarte.
Porque si no te das valor a ti,
¿cómo vas a sostener a los demás
desde un lugar sano?
EL LÍMITE COMO ACTO DE AMOR
Nos han enseñado que poner límites
es egoísmo.
Que parar es rendirse.
Pero no es así.
El límite consciente no separa.
El límite consciente ordena.
Poner límites es una forma profunda
de protección de la energía vital.
En alquimia, la energía esencial —
eso que nos anima, nos mueve, nos da vida—
está vinculada al quinto elemento:
aquello que no se ve,
pero lo sostiene todo.
Cuando llegamos a esta vida,
cuando encarnamos en un cuerpo físico,
venimos limpios.
Disponibles.
Con energía suficiente para experimentar,
aprender, evolucionar
y disfrutar del camino.
El cuerpo es el vehículo
a través del cual vivimos esta experiencia humana.
Es nuestro templo.
Nuestro instrumento.
Pero a lo largo de la vida,
esa energía se va debilitando.
No solo por el paso del tiempo,
sino por pensamientos que nos drenan,
miedos que no nos pertenecen,
creencias heredadas,
exigencias constantes,
y vínculos que consumen más de lo que nutren.
Tomar conciencia de esto
es un punto de inflexión.
Por eso la pregunta es tan sencilla
como incómoda:
¿Dónde estás entregando tu energía?
Porque esa energía
es lo más valioso con lo que llegaste a este mundo.
Es lo verdaderamente tuyo.
Y no pertenece al plano material.
El siguiente paso natural
cuando empiezas a poner límites
es elegir mejor con qué —y con quién— te rodeas.
Personas.
Lugares.
Animales.
Espacios.
No importa tanto el qué,
sino cómo te sientes ahí.
Tú sabes perfectamente
dónde brillas sin esfuerzo.
Dónde no tienes que defenderte.
Dónde tu cuerpo se relaja
y tu energía se expande.
Poner límites permite relaciones más sanas.
Más honestas.
Más verdaderas.
Y evita algo muy importante:
que el cuerpo tenga que gritar.
Porque cuando no ponemos límites emocionales,
el cuerpo acaba poniéndolos físicos.
Y si el daño ya está hecho,
no te castigues.
Siempre hay caminos de reparación.
Siempre hay comprensión posible.
Siempre hay un sentido que puede revelarse
cuando miramos con conciencia.
El límite no llega para castigarte.
Llega para devolverte a ti.
PARAR A TIEMPO ES SABIDURÍA
Hay una sabiduría muy antigua
en saber parar antes de romperse.
No por miedo.
Sino por respeto.
Muchas mujeres han aprendido
a cuidarlo todo…
excepto a sí mismas.
A sostener.
A proteger.
A estar disponibles.
Y llega un momento
en que el cuerpo pide ser escuchado
con la misma devoción
con la que hemos cuidado a otros.
Porque el amor que nos otorgamos
a nosotras mismas
es el más puro
y el más verdadero.
Quiero compartirte ahora
un pequeño cuento,
simple,
pero profundamente revelador.
🌳 EL ÁRBOL QUE NO SABÍA QUIÉN ERA
(tono de relato, sin teatralizar)
En un jardín frondoso
había un roble profundamente infeliz.
A su lado,
un manzano daba frutos dulces
y un rosal florecía cada primavera
llenándolo todo de perfume.
El roble se sentía inútil.
Creía que no era suficiente.
Y se esforzaba, una y otra vez,
por ser como ellos.
Un día,
un viejo búho se posó en sus ramas
y le preguntó por qué estaba tan triste.
El roble le habló de su frustración,
de su deseo de dar manzanas
o de florecer como una rosa.
El búho lo escuchó
y antes de marcharse le dijo:
“No dediques tu vida
a ser lo que los demás esperan de ti.
Sé tú mismo.
Conócete como eres.
Escucha tu voz interior.”
El roble guardó silencio.
Cerró los ojos.
Y por primera vez dejó de intentar ser otro.
Entonces comprendió:
“No darás manzanas,
porque no eres un manzano.
No florecerás como un rosal.
Eres un roble.
Y tu destino es crecer grande y firme,
dar cobijo a las aves
y sombra a los viajeros.
Sé lo que eres.”
A veces,
parar
no es rendirse.
Es dejar de forzarte
a ser lo que no eres.
Es honrar tu naturaleza.
Tu ritmo.
Tu verdad.
Y eso…
también es amor propio.
🔹RITUAL SUAVE
(voz lenta, cálida)
Te invito ahora, solo un instante,
a llevar una mano al pecho…
y preguntarte en silencio:
¿Dónde necesito poner un límite
para volver a mí?
(respiración consciente, muy breve)
Hoy no te pido que lo soluciones todo.
Solo que te escuches
antes de exigirte un paso más.
Porque escucharte
también es una forma de cuidarte.
❤️ PUENTE HACIA EL 14 DE FEBRERO
El próximo sábado es San Valentín.
Un día asociado al amor…
pero pocas veces
al amor más importante:
el amor propio consciente.
Porque amar de verdad
empieza por no abandonarte.
Y a veces,
el primer acto de amor
es decir basta…
y quedarte contigo.
El próximo sábado
profundizaremos en el amor
sin idealizaciones,
sin sacrificios innecesarios
y sin perderte en el camino.
Soy Lalith Cabasés
y estás en Alquimia entre Mundos.
Enlace vídeo completo 👉https://youtu.be/_L8ZT81VLmA