🕯️ ¿Es la singularidad de la muerte lo que nos hace humanos?

Mujer con maquillaje de Catrina entre flores de colores intensos. Texto sobre la imagen: “Nada muere, todo se transforma. Un viaje entre el alma, la memoria y la eternidad.” Imagen del vídeo de Lalith Cabasés sobre la muerte, la memoria y el alma.

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Un viaje entre el alma, la memoria y la eternidad

Este vídeo está dedicado a mi padre.
Nació un 9 de noviembre, bajo la fuerza profunda de Escorpio,
y aunque hace muchos años que su cuerpo ya no está conmigo,
su presencia sigue viva en mi corazón,
en los valores que me transmitió
y en el amor silencioso que aún me acompaña.

Mi padre fue un hombre racional, agnóstico,
que me enseñó —sin proponérselo— el valor de las preguntas.
Crecí sin religión, sin rezos ni templos,
pero con una mirada abierta hacia el misterio.
Y quizá por eso, mis dones no nacieron del dogma,
sino del asombro: de ese impulso del alma
que busca comprender lo invisible,
aunque la mente no tenga palabras para ello.


Noviembre: el mes de la memoria

El tiempo en que los velos se hacen delgados
y el alma recuerda que la vida y la muerte
no son opuestos, sino reflejos del mismo misterio.

Honrar a los que partieron —familiares, amigos, conocidos, amores—
no es quedarnos anclados en el dolor,
sino aprender a vivir con más consciencia,
más ternura, más gratitud.

Porque cada vez que elegimos el amor,
ellos vuelven a vivir a través de nosotros.
Y algún día, no sabemos cuándo,
nosotros seremos ellos.


Nuestros fantasmas interiores

Quizás por eso sentimos que el alma a veces se llena de presencias:
rostros, recuerdos, ecos de quienes amamos.

Debemos aceptar a nuestros fantasmas.
Son parte de nosotros, de lo que fuimos y de lo que aún esperamos ser.
Permanecen dentro, atados a nuestros corazones,
en la vida, en la muerte
y en ese territorio invisible que existe entre ambos mundos.

Cada uno de nosotros es seguido por sus propios fantasmas:
los del niño que fuimos,
los de los sueños que nunca llegaron a cumplirse,
los del amor que se perdió en algún invierno del alma.

Durante mucho tiempo creí que, si los ignoraba,
si fingía no verlos,
si me mantenía ocupada,
acabarían desapareciendo.
Pero estaba equivocada.

Igual que nuestros miedos más profundos,
estos espíritus invisibles crecen en la oscuridad.
Cuanto más huimos de ellos, más rápido nos alcanzan.
Cuanto más los empujamos lejos, más fuerza toman al regresar.

Por eso, la única salida es el encuentro.
Darles la bienvenida, mirarlos de frente,
reconocerlos como parte de nuestra historia
y agradecerles lo que nos enseñaron.

Solo entonces los fantasmas se transforman en luz.
Y en ese instante, el alma se expande
y se abre el umbral a nuevas posibilidades.


La fábula de la semilla de mostaza

Se dice que en algún lugar de la India,
una mujer, desgarrada por la muerte de su hijo,
acudió a Buda suplicándole que lo resucitara.

Él la escuchó con compasión y le dijo:
—Haré lo que pides, pero primero necesito que encuentres una casa
donde nadie haya perdido a un ser querido.
Tráeme una sola semilla de mostaza de ese hogar,
y tu hijo volverá a la vida.

La mujer salió en busca de esa casa.
Llamó puerta tras puerta,
pero en todas encontró el mismo relato:
un padre, una madre, un hijo, un amigo…
todos habían perdido a alguien.

Y mientras escuchaba esas historias, su propio dolor empezó a cambiar.
Comprendió que la muerte no era un castigo personal,
sino un destino compartido por todos los seres.

Volvió ante Buda, ya sin lágrimas, y le dijo:
—No he podido encontrar ninguna casa sin duelo.
He entendido que no estoy sola.

Buda asintió y respondió con ternura:
—Ahora conoces la verdad.
El amor que sientes por tu hijo no se ha perdido,
solo ha cambiado de forma.
Tu tarea no es retenerlo, sino dejar que ese amor siga viviendo en ti
y a través de ti.

Y la mujer, en silencio, encendió una lámpara por su hijo,
y otra por cada alma que había conocido el dolor de la pérdida.
Desde entonces, la luz no se apagó jamás.
Quizás porque comprendió que el amor no muere,
solo se transforma en memoria luminosa.


La muerte y la conciencia

A lo largo de la historia, muchas culturas han hablado de la vida después de la vida.
Los antiguos egipcios, los tibetanos, los pueblos del desierto y los druidas del norte…
Todos, a su manera, sabían que la muerte no era un final, sino un tránsito.

Y hoy, incluso la ciencia empieza a rozar ese misterio.
Médicos y estudiosos como Manuel Sans Segarra, Brian Weiss, Allan Kardec,
Elisabeth Kübler-Ross, Raymond Moody y Deepak Chopra

han mostrado que la conciencia no muere con el cuerpo:
solo cambia de forma, como la luz que atraviesa un nuevo cristal.

Ya no vivimos en la época en que hablar de estos temas podía costarte la vida.
Hoy podemos mirar al cielo, a los libros, a los laboratorios,
y reconocer que las evidencias están aquí,
que algo dentro de nosotros sabe.

No se trata de creer o no creer,
sino de atreverse a sentir.
A investigar por uno mismo.
A escuchar esa voz interior que siempre supo que somos más que materia:
somos energía consciente, esencia de Amor.
Una chispa de consciencia en evolución a través de la materia.


La muerte no nos roba, nos revela

Y así comprendemos que nada se pierde.
Que todo lo que amamos se transforma,
se renueva,
vuelve a florecer en otros rostros,
en otros latidos,
en cada gesto de amor que damos al mundo.

Somos la memoria viva de los que amaron antes que nosotros.
Sus pasos laten en nuestra sangre,
sus voces se mezclan con la nuestra
cuando elegimos la verdad, la bondad, la belleza.

Honrar a los que partieron es también atreverse a vivir plenamente,
a continuar su historia,
a ser la manifestación consciente del amor que los trajo aquí.

La muerte no nos roba, nos revela.
Nos muestra lo que somos más allá del miedo:
un alma infinita,
una corriente de luz que jamás se extingue.

Así que hoy encendemos una llama por todos los que cruzaron el umbral,
y otra por nosotros, los que seguimos caminando.

Porque la vida no termina,
solo cambia de forma.
Y cuando llegue nuestro turno de partir,
que el amor que sembramos sea el puente,
la herencia y la canción que nos devuelva a casa.

Somos energía consciente.
Somos esencia de Amor.
Somos la vida que continúa.


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Lalith Cabasés | Alquimia entre Mundos
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